} Buika, puentes a la vida.

Tiene una voz de fuego, desgarrada y apasionada, con la que recrea de manera única las canciones populares más conocidas que en su estilo se escuchan como nuevas. Nació en Mallorca, de padres originarios de Guinea Ecuatorial, y se describe como ‘trifásica”. Por vez primera se presenta en Nueva York, con toda la magia de su canto.

Cuando interpreta sus canciones, (Concha) Buika es una montaña. Tiene esa voz profunda que ella sabe manejar con enorme libertad y dar matices insospechados a melodías que están en la piel de cualquiera, como las de Chavela Vargas o José Alfredo Jiménez, por ejemplo. Su segundo disco, Mi niña Lola, fue un éxito desde su lanzamiento, y no sólo la reveló como una artista excepcional, sino que ha sido la bandera que ha enarbolado para seguir explorando nuevas propuestas musicales, siempre desafiantes. Fuera de los escenarios, la mallorquina es una niña juguetona. Aún sus más tristes recuerdos los enciende siempre con una chispa de alegría o un toque de buen humor.
Con Buika no hay temas prohibidos. Una tarde apacible del inicio del otoño en Nueva York, describe lo que ha sido su vida, tanto en su experiencia de hija de inmigrantes africanos en España, como en su carrera musical. Ante cualquier pregunta, la respuesta surge espontánea.

¿En qué idioma empezaste a cantar?
En boobo, la lengua de Senegal que hablábamos en casa; mi abuela, que vivía con mi madre y mis hermanos, me cantaba en boobo. Pero casi al mismo tiempo empecé a hacerlo en español. En casa escuchábamos mucha música, creo que así me fui formando como cantante.

¿Cómo llegó tu familia a vivir a España?
Mi padre salió huyendo de Guinea Ecuatorial porque lo querían matar, era asesor del presidente de ese país, cuando se establecía la democracia, y tenía un espíritu un poco revolucionario. Se refugió en España. Es un intelectual muy valiente, lo respeto, pero no un buen padre.

¿Por qué dices eso?
Ya con toda la familia viviendo en Mallorca, un día nos abandonó. Fue a comprar algo, no sé qué, y nunca regresó, yo tenía seis años.

Muy fuerte, ¿no?
No, fuerte me parecería que la vida me hubiese abandonado, pero no fue así. Mis hermanos y yo seguimos viviendo bajo la luz de mi madre, con pobreza, pero en una casa en la que siempre había música y libros. Mi familia es un árbol.

¿Has visto a tu padre?
No, nunca más. Veinteséis años después el regresó a la casa y lo único que dijo al estar frente a mi madre fue: “Tengo hambre”.
De alguna manera la música se convirtió en un refugio para tí.
Sí, y creo que para mi madre también. Ahora entiendo porqué cantaba con tanta pasión canciones de Agustín Lara o Chavela Vargas, de ella las aprendí… era una manera de camuflar su dolor. La música es el mejor psicoanalista.

¿Recuerdas tu melodía favorita en esa época?
Sí, el tango Nostalgias. El tango y las coplas fueron las primeras canciones que aprendí.

¿De dónde te viene ese manejo de tu voz? ¿Estudiaste canto formalmente?
No, nunca. Yo aprendí a cantar de los trompetistas. La trompeta es la voz. Nadie te puede enseñar a cantar ni a reír ni a hacer el amor. La voz no la estudio, tiene que ser libre. En la ópera si es imprescindible, pero en el canto libre, no. Yo canto lo que me duele, o mi gozo, o mi deseo. Siempre he cantado con mucha libertad y mucho honor.

¿Cómo fuiste desarrollando tu carrera?
Mallorca es una ciudad muy turística, así que empecé cantando en hoteles, bodas, bautizos, y cantaba todo, canciones en inglés, el repertorio de jazz y de música africana, rock&roll, todo.

Y el resto, ¿cómo llegó?
Nunca pienso ni estructuro mi carrera, hasta ahora todo ha sido levantar el teléfono. Del negocio, no sé nada, todo lo planea esa persona que está ahí (señala a su representante), llegó a trabajar conmigo hace dieciséis años, yo le llamo ‘la ambición rubia’. Con ella y el productor Javier Limón, hemos trabajado Mi niña Lola.

¿Concibes todavía la música como un arte?
Creo en la valentía del arte. Ahora nos ha podido el miedo. Hay que constuir canciones maravillosas que nos devuelvan eso. Y en la música hay que aceptar todo, hasta el dolor. Sólo hay que aceptarlo y expresarlo, saber que convive con nosotros, en vez de victimizarlo. Soy un soldado militando en la religión del arte, no creo en ninguna otra. El arte es la única religión legítima que nos une. Me parece fascinante, que se reúnan cinco mil personas en un concierto, todas dispuestas a estar en paz.

¿Tienes alguna predilección especial por cierta música?
Creo que me apasiona todo tipo de música. No sé, podría decirte Jack Breill, todo un poeta, Chavela Vargas, José Alfredo Jiménez, Bethoven… Estos sinvergüenzas se han ganado el don de la eternidad, nosotros nos vamos y ellos se quedan, esto me parece fascinante.
Tus versiones de las canciones de Chavela Vargas han asombrado a todos. ¿Ha tenido una gran influencia en tu búsqueda artística?
Claro, es una mujer maravillosa, yo la llamo “mi mamá Chavela”, y ella me dice “mi hija la negrita”. La conocí en Madrid, hace muchos años, y quise que me oyera cantar. En esa ocasión me dio una patada por el culo, como decimos nosotros, ella tiene muy mala leche, y me dijo que lo hacía muy mal. Regresé con ella mucho tiempo después y ya su trato fue otro, quizas la primera vez sí canté mal por inseguridad.

¿Cómo te describes?
Esa pregunta se le hace a un muerto.

Pero alguna vez dijiste que eras bisexual, trifásica y tridimensional.
(Ríe abiertamente). Ahora soy todo eso, pero cuatro veces más. Y si me quedo sola, no tengo miedo. Yo sé de la soledad, la he hecho mi compañera, esto me lo enseñó Chavela Vargas, es la mayor de las libertades.

¿Haces planes, Buika?
Tengo un gran conflicto con el futuro. El futuro nunca llega, estamos perdiendo los presentes maravillosos. Para qué tanto rollo con mañana, la eternidad es ahora.•

Los comentarios estan cerrados.