Lorca, verso a verso
Nueva York, sin duda, resultó una influencia
determinante en la obra de Federico
García Lorca. Junio, mes de su
nacimiento, fue también significativo
para el escritor y por eso hoy lo recuerda un poeta
residente en Harlem, entre signos placenteros y
dolorosos.
Este 25 de junio se conmemora la llegada de Federico
García Lorca a Nueva York, semanas después de
su cumpleaños, el día 5. Arribó en el buque Olympic,
corría el año de 1929.
Según cuenta su principal biógrafo, Ian Gibson, lo esperaban
en el muelle Angel del Río, Federico de Onis
-titular de español en la Universidad de Columbia-, el
poeta León Felipe, profesor de Cornell, y otros varios
artistas y periodistas, entre ellos el director del diario
neoyorquino La Prensa, José Camprubí, hermano de la
mujer de Juan Ramón Jiménez.
Faltaba Platero y faltaba yo. Una lástima.
Federico García Lorca vino a Nueva York como llegan
muchos a cualquier lado del mundo: huyendo de
algo. Podía haber ido a algún otro infierno, pero fue
éste el que eligió o el que lo eligió a él, para vivirse,
para llorarse y para hacerse aún más mayor en su
poesía, que ya era absolutamente universal.
El poeta viaja a Nueva York como una huída de una
generación de artistas, sobre todo de poetas, la del
27, que o bien le había dado la espalda, porque era
demasiado perfecto para la pluma de los otros o
porque simplemente Lorca no compartía ni quería
seguir ciertas modas impuestas por las vanguardias
más afrancesadas.
Federico estaba convencido de que para crear había
que vivir, para crear esos juegos de palabras había
que sufrirlos o reírlos, para trazar aquellas imágenes
había que, al menos, intentar verlas o serlas; para pintar
la geografía de Lorca había que ser la geografía
de Lorca y esos mapas del alma, que son las palabras
sin antojos ni pensamientos creados de antemano
por artistas que se daban en llamar Breton o Aragon
o Erns, nada tenían que ver con la constelación
poética que ya nos había enseñado Federico en el
Romancero Gitano.
El poeta sentía la necesidad de crecer de otra
manera. Lorca crecía caminando por escenarios y
calles distintas, como éstas que hoy camino y acaso
caminaré mañana, si el destino de los semáforos o la
policía o el hombre que ahora piensa en matar a ese
otro hombre, no me lo impiden. Y todo se remite
a eso, a la huída, al camino, a la vida, a la muerte,
al destino. Cuidado, Lorca nunca fue un temerario,
nada de eso, incluso sus pasos a veces se acobardan
solos, se destrozan, le aprietan los zapatos de la
poesía y se lo piensa tres veces antes de salir y no se
juega el tipo por una absenta como lo podían hacer
Picasso o Buñuel. Lorca huía hacia adelante de una
manera casi normal. Yo a veces lo intento y no saben
la de ocasiones en que me he destrozado los codos.
A muchos en su generación, sobre todo los que
más gritaban, se les había olvidado ese pequeño
detalle. Acaso por la falta de humildad o de huesos,
les daba vergüenza caer, sobre todo si estaban las
cámaras mirando.
Mientras los otros se dedicaban a inventar jueguitos
de palabras y a automatizar los versos, Lorca necesitaba
desangrarse en el papel.
La sangre de Federico García ya se había derramado
antes que todas las sangres, elevando la poesía a
los designios de la Vida y de la Muerte y del Amor
y del Odio, porque Lorca era poeta de grandes
temas, como siempre fueron los grandes poetas. No
me digan que les cuente (limeños) cuáles son los
grandes temas, mejor lean a Shakespeare mañana en
Central Park.
Se me ocurre que Federico García no fue el que
vino a Nueva York, sino que Nueva York se lo encontró
vomitando aquí, siguiendo al Rey de Harlem
“con una cuchara”, pintando versos sobre una niña
que nunca desembocaba o asegurando que a Nueva
York le habían crecido cuatro columnas de cieno y
supongo que también chapoteaba las aguas podridas
de esta ciudad, tan hermosamente “asesinado por el
cielo” igual que lo hubiera hecho debajo del cielo de
La Alhambra.
Me refiero que a Federico lo cambiaron de escenario
un 25 de junio de 1929 y él siguió inventándose
la galaxia lorquiana.
Nueva York aceptó que Federico lo escribiera, aceptó
la luna y el yunque y aceptó que la aurora le entrara
en la boca y todos los brillos que bajaban por
aquellos corredores la sedujeran, la bendita Nueva
York admitió -con cierta dulzura agria- todo este
cortejo del poeta granadino, porque Nueva York
es una ciudad fácil, es una gran señora, puta y gran
señora a la vez, que es absolutamente compatible e
incluso lógico; Nueva York aceptó el “accidente” de
la huída de Federico con tanta naturalidad que ya no
pocos asocian a Lorca con Nueva York, como si él la
hubiera creado en 1929.
Y sin embargo eran tan distintos, Nueva York y
Federico, respiraban de una manera tan desigual
que quién lo hubiera dicho que “El Poeta en Nueva
York”, que Nueva York, pasando por delante su otra
huída a La Habana en medio de la obra, parecía
hecha a medida para él y para su traje de lino blanco
(que lo tenía planchado y listo para largarse a La
Habana).
Y sospecho que por la huída de Federico García
hacia Nueva York y por los brazos de Nueva York
aceptando la mortaja vivísima de Federico, se creó
uno de los libros menos surrealistas del surrealismo
y, sin duda, el más grande.
Si se pudiera volver a todos esos lugares donde nunca
hemos estado, yo diría que Federico ha vuelto en
estos días a Nueva York. Me hubiese gustado tanto
verlo. Me dicen que “jugó” con un piano aquí en
Columbia University, que durmió –envuelto en quién
sabe qué sábanas, no de Holanda desde luego- en la
habitación 617 de Furnald Hall. Estoy seguro de que
vio portadas de tabloides neoyorquinos, porque si
no, no se explicarían ciertas metáforas agónicas; me
hubiese quedado en sus paisajes, el paisaje en que
orina, en el que vomita, aunque los veo todos los
días, pero sin sus ojos y sin su inmaculada boca. Y me
siento sin dolor en ellos. Me imagino su anfitrionería
llena de manos y de adjetivos convulsos, me imagino
sus inclinaciones hacia rincones victorianos, me lo
imagino vivo a Federico, y eso ya es un milagro
extravagantemente hermoso y osado, pero para eso
nos han puesto la imaginación en las alas y ojalá que
jamás me avergüence de usarla y de creérmela.
Las calles y las ciudades y los hombres somos
atardeceres efímeros; sin embargo, los sueños hacen
que todo vuelva, que la vida y los lugares tiendan a
regresar. Me gustaría haber soñado siempre a Federico
como lo estoy soñando ahora, por fi n susurrándome
qué es lo que reluce en los altos corredores
en aquella Muerte de Amor, donde siempre te callan
la boca. Pero, en fin, en poesía hay muchos secretos
que ni se deben saber ni se tienen que decir nunca.
Por cierto, cuando volvió Lorca a España, cuando
volvió a su Generación del 27, cuando volvió a las
manos de sus otros pianos ya casi todos sus compañeros
estaban escribiendo un Poeta en Nueva York,
cada quien y cada cual a su manera; pero en realidad,
nadie quería cruzar ni la mitad del charco para ilustrarlo
un poco. Y Poeta en Nueva York hay siempre
uno solo, uno que siempre despierta en el amanecer
de mis pupilas, al que regreso como un loco cuando
me he quedado sin palabras•
EVENTOS LORQUIANOS EN JUNIO
La Ruta de Lorca}
Recorrido por los sitios que visitaba el poeta.
Domingo 5 de junio. Mediodía – 2:00PM
Inicio: Columbia University y 116 St. Mhn.
Reservaciones: T. (646) 342-6457. $25
Mi Lorca}
Poesía leída por los expertos lorquianos Jaime
Manrique, Christopher Maurer y Mark
Statman. Sábado 11 de junio. 4:00PM
The New York Botanical Garden}
Jane Watson Irwin Perennial Garden
Bronx River Parkway (Exit 7W) at
Fordham Road, Bronx, NY
T. (718) 817-8700
www.nybg.org


