Una de los mitos fulgurantes de la pantalla. Diva. Mujer de garbo. Belleza hipnótica. Sigue deslumbrando por igual a quienes la conocen desde su surgimiento y a aquellos que la descubren como vital octagenaria. Un mes de homenaje neoyorquino a Saritísima. ¡Viva la diva!
Por José María Alvarez Ortego
El paso del tiempo se desliza sigilosamente por el exclusivo Barrio de Salamanca de Madrid. Por sus calles pasea y reside María Antonia. Los paralelismos entre esta área, el más señorial de la orgullosa capital de España, y su hermano neoyorquino, alias Upper East Side, repuntan día a día al mismo ritmo al que se dispara la prima de riesgo europea. Crisol de épocas y culturas en ambos casos, los vestigios de la tradición histórica más noble conviven con la sofisticación contemporánea más elitista. Hay veces en que la frontera es tan estrecha que cuesta delimitarla. En otras ocasiones (más complejas), sin embargo, el círculo tiende a cerrarse tanto, que los conceptos se difuminan. Y éste último es, precisamente, el caso de María Antonia.
Abrigos de pieles, collares de perlas, trajes a medida, restaurantes de lujo… Esencias de hoy con sabores de ayer que se retroalimentan cada momento en que ella aparece por el camino de vuelta a su sobrecargado y decadente ático (en venta, por cierto). Senda que traza nuestras bases, cura de humildad y nos traslada a otra época que une en pacífica comunión a los hispanohablantes de uno y otro lado del pequeño charco atlántico.
La realidad rural de la España profunda es el reflejo de la riqueza esencial de un país que bebe de sus fuentes pero tiende a olvidar a sus mitos y leyendas. Campo de Criptana (provincia de Ciudad Real) y Orihuela (provincia de Alicante) bien pueden servirnos de valiosos ejemplos. Terrenos de origen y forjado de una joven devota que entonaba apasionadas saetas con una voz tan peculiar que enjugaba de lágrimas el ardiente paso de las imágenes cada Semana Santa. Belleza hipnótica, racial, hispana. Poderoso arma con secundarios efectos afrodisíacos que María Antonia encumbraba inconscientemente con el salvaje muro de una mirada infinita.
Ojos felinos que aportaron altas dosis de quilates a la Época de Oro del cine mexicano en su salto al Nuevo Mundo desde la madre patria. Los mismos que descontroladamente engatusaron la masculinidad de un Hollywood en un EE UU no menos dorado (mucho antes de que Penélope Cruz fuera tan siquiera un proyecto). Y todo a través de figuras como Marlon Brando, James Dean, Anthony Mann o el mismísimo Hemingway (quien se dice que la enseñó a fumar puros con ese sello propio), entre otros. Mención aparte merece el episodio con Gary Copper durante el rodaje de ‘Veracruz’. Y es que cuando al bueno de Gary una morena de ojos profundos le proponía algo confundiendo ‘to fight’ con ‘the F Word (fuck)’ durante un ensayo de guión, su reacción sólo podía ser una (la suya y la de cualquiera que pudiera permitírselo, claro está). Un apasionado suicidio controlado que acompañaría con ternura el inconsciente del protagonista de ‘Solo ante el peligro’ hasta el final de sus días.
De vuelta a casa, a su querida España, un desinteresado favor a Juan Orduña en forma de película titulada ‘El último cuplé’ se convirtió en otro exitoso ejercicio de consagración para un rostro y un estilo musical que teñirían de sensualidad barroca una España gris. Hispania volvía a creer en sí misma y empezaba a levantarse.
Hoy, se cumplen 55 años de las aventuras y desventuras en el recuerdo de María Luján. Por eso, Nueva York da la bienvenida a la María Antonia de ‘Serenade’, ‘Run of arrow’ o ‘La violetera’. La misma que fumando esperaba sin consumir la vida. Esa que quiso ser conocida como Sara Montiel. Pero siendo Sara la esclavitud de un físico privilegiado (acompañado de algún que otro desvarío propio del paso de la edad) la condenó a caer en las garras del amarillismo más casposo para desprestigiar injustamente un nombre clave de nuestra cultura popular. Hoy, la Gran Manzana reivindica un mordisco en forma de beso para que –a sus 84 primaveras– María Antonia Abad Fernández vuelva a ser, por siempre, la incombustible e incomparable Sara (Sarita) Montiel.
José María Álvarez Ortego es periodista y redactor de la edición española de la revista Esquire. Nacido en Madrid y de origen burgalés, guarda una estrecha y especial vinculación con Nueva York, ciudad en la que residió en 2007 y 2008, colaborando con CBS News y el Grupo Trackentertainment.
Fotos por Alberto Rivas

